lunes 30 de marzo de 2009

Ventana

Ana se desvestía todas las noches lentamente delante de su
espejo y de la ventana de su vecino. Durante la
adolescencia descubrió cómo su cuerpo se fue moldeando hacia unas formas perfectas de mujer.

Ella sabía que era muy bella, bueno,
ella, su espejo y la ventana del vecino. Nadie la había
visto desnuda. Su propia madre no entendía que la niña ya,
a los trece años, se encerrara en el cuarto de baño y hasta
que no salía totalmente vestida nadie podía entrar, ni
siquiera su hermana; dos años menor que ella.

Cada noche era el mismo ritual se bajaba la falda y se
quedaba con la camisa y con bragas. Así estaba mucho rato,
mirándose al espejo y controlando por el rabillo del ojo la
ventana de su vecino que siempre estaba con las persianas
bajadas.
La ventana tenía unas ranuras suficientemente
anchas para que él la viera desnudarse cada vez que se iba
a la cama.

Cumpliendo con los minutos más placenteros del día, Ana, se
desvestía y disfrutaba pensando cómo sería el que la miraba
cada noche. Seguro que estará tan excitado como yo, pensaba
ella mientras se bajaba las bragas y se quedaba simplemente
con la camiseta interior. Esa ventana que daba directamente
a su habitación era del bloque de en frente, y nunca la vio
abierta de par en par, nunca supo cómo era su vecino.

Siempre estuvo con las persianas ligeramente bajadas, con
la posibilidad de poder verla directamente, con todo el
esplendor y la belleza de sus veinte años.

Así fueron pasando los años Ana, su espejo y el vecino,
bueno, más bien la ventana del vecino porque nunca llegó a
verlo, siempre las persianas colocadas de la misma manera,
siempre la sombra que ella parecía ver entre las ranuras,
siempre sabía que él estaba allí, para que ella pudiera
ofrecer el gran espectáculo de su cuerpo, el gran encuentro
nocturno con aquella ventana.

Ella estaba segura que al final de cada noche él celebraba la visión con una fenomenal masturbación
porque le pareció más de una vez oír un leve jadeo,
un sonido que cada vez ella imaginaba más cerca
y que la acompañaba y la acunaba hasta que se quedaba dormida.

Ana no se casó, tuvo novios pero nunca la excitaron tanto
como las noches de su cuarto, como las noches donde se
desnudaba mientras su vecino jadeaba detrás de la ventana.
Pasaron los años y Ana ya se había quedado sola. Tenía 50
años y la única obsesión era la noche, esos minutos con su
vecino, el de la ventana, el del edificio de enfrente.

Fue cuando ella acababa de cumplir los 52. Se levantó
temprano y vio la ventana abierta de par en par. Había una
mujer de pie acompañada de un hombre en una habitación
totalmente vacía. Estaban hablando.

Ella se acercó para oír mejor la conversación. Era una
mujer de unos 30 años y le estaba diciendo a su acompañante que
la casa llevaba deshabitada más de 50 años y que los dueños
habían decidido venderla. El acompañante asintió y se
fueron.

Ana se quedó allí hasta la noche, sin moverse, pero a la
hora de desnudarse lo hizo igual que siempre, delante del
espejo, esperando como cada noche la mirada de la ventana,
que ahora estaba abierta, de par en par

1 comentarios:

  1. Elizabeth.
    Ha sido una grata sorpresa encontrarte. Tienes una sensualidad muy especial. He leído ésta historia escuchando de fondo la primera canción de tu ranking, y ha sido PERFECTO el maridage del sonido y la lectura.
    Ahora me voy a dormir...pero prometo volver por éste blog sin tardanza, porque presiento que puede seguir sorprendiéndome...enhorabuena.

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